Saturday, February 26, 2005

El paisa revira (primera parte)

(Crónicas de Desarrollo Rural)


Por Carlos Fernando Rivera

Si usted volviera al oriente antioqueño después de 10 años, tal vez se asombraría con los profundos cambios que han ocurrido en el campo en esa década, pero si habla con los campesinos verá que la procesión va por dentro: los golpes de la apertura, el fin del DRI, el azote de las plagas, el boleteo y el crimen. Pero el paisa revira y revirar es también luchar por corregir el rumbo, por vencer la adversidad.

“Yo me quebré en Urrao, sembrando granadilla”... “Yo dejé de sembrar por tres años, después de haber sembrado toda la vida, porque me quebró el morrongo”... “Es increíble la pauperización de la gente con la que trabajamos hace diez años”... Los dos primeros son testimonios de agricultores, el tercero, de una funcionaria del Ica. Y, sin embargo, ve usted las hermosas laderas verdes donde el pasto se vuelca de crecido, las ubres inequívocas de las vacas lecheras en pequeñas parcelas, los suelos mejorados con porquinaza o gallinaza, los cultivos de ladera como ordenados en curvas de nivel, en siembra “atravesao”. ¿Qué hay detrás de todo esto? Digámoslo de una vez: dignidad humana, solidaridad, tecnología. Con esos instrumentos están venciendo la adversidad de una década amarga.

La tecnología como pesadilla

La agricultura especializada trajo grandes aumentos en la producción, pero rompió el equilibrio ecológico; entonces se fortalecieron ciertas plagas y enfermedades, el agricultor –azuzado por el vendedor de agroquímicos– aumentó las dosis, pero las especies aumentaron su resistencia, y los agricultores la carga de venenos, que trajo más resistencia y menos biodiversidad... y el agricultor quedó dependiendo cada vez más del almacén de agroquímicos, atrapado en una sinsalida que resultó insostenible cuando, frente al costo creciente de esos insumos, la productividad de sus cultivos dejó de crecer y cuando la competencia con los productos importados hizo caer los precios. Los efectos se vieron en las quiebras, en la escasez, en la pobreza que no lograba ocultar el boato pasajero del narcotráfico...

Así ocurrió en muchas partes del país, pero en el oriente antioqueño la cohesión y los valores de la comunidad paisa han animado el viraje. Ello se ve en la acogida que ha tenido allí la corriente ambientalista que viene luchando por reorientar el desarrollo tecnológico. Los paisas del oriente entendieron que para salir del círculo vicioso había que hacer las paces con la naturaleza, restablecer el equilibrio ecológico y, con él, la calidad de las aguas, del suelo y del aire, pero ¿cómo hacerlo sin morir en el intento como productores, sin que los quiebre la competencia?

Respuestas aisladas

Entre tanto, los equipos de investigación estudiaban cada cual una parte de esa realidad caótica y desequilibrada: los agrólogos por un lado, los entomólogos por el otro, los fitomejoradores, los veterinarios, los ingenieros agrícolas, siempre en la visión de segmentar la realidad, de separar principios activos, y de manipular su partecita con los productos que la industria química iba introduciendo en el mercado como la última maravilla. El ICA llegó a desarrollar más de un centenar de variedades de fríjol, algunas de las cuales con probada resistencia a enfermedades, como la ICA Llanogrande o la Frijolica LS 3.3, pero que no pasaron la prueba del mercado: antes no se tenía en cuenta al agricultor ni al comerciante.

Una tecnología amigable

Si el método de monocultivos de la revolución verde, que nutre la industria de agroquímicos y que hizo crisis en el mundo, separa las partes de aquello que se estudia hasta la atomización, y corrige con químicos, el método de la investigación ecologista intenta comprender la integración de las funciones y de los sistemas que actúan en la naturaleza –incluido el hombre–, y combina el uso de químicos con la acción de principios orgánicos, el diagnóstico de laboratorio con el participativo.

En el oriente antioqueño, los técnicos del Ica, de Corpoíca, de la Universidad Católica de Oriente (UCO) y otros centros de investigación cambiaron sus enfoques sin renunciar a los beneficios de la ciencia y la tecnología. En proyectos de desarrollo y validación tecnológicos financiados por el Programa Nacional de Transferencia de Tecnología Agropecuaria, de Minagricultura, integraron diferentes disciplinas en la solución de los problemas agrícolas y se está dando un cambio radical en las prácticas del agricultor, que lo está liberando de la esclavitud de los agroquímicos, y le ha permitido mantenerse en el negocio.

Carmen de Viboral ostentaba el ingrato primer puesto como consumidor de agroquímicos en Latinoamérica (ya no quedan víboras en Carmen de Viboral), y en situación semejante se encontraba Santa Rosa de Osos, según la investigadora Amparo Loaiza, de Corpoíca, que estudió esas prácticas y constató que no se están cumpliendo los controles ni para los agroquímicos de mayor toxicidad.

El proyecto Mora Limpia, de la UCO, aplicando técnicas de biotecnología, produjo variedades de mora resistentes a las enfermedades, rediseñó las prácticas culturales para bajar la incidencia de plagas a niveles que el propio ecosistema se encarga de controlar y capacitó algunos campesinos en la preparación de correctivos de origen orgánico. Eliécer Tobón, un campesino de La Ceja muestra su cultivo sano y organizado y ofrece la degustación de unas moras grandes y deliciosas. Sabe controlar la chiza o morrongo con micorrizas (hongos benéficos asociados a la raíz) y las enfermedades con “caldo bordelés”, un preparado casero de cal y sulfato de cobre, de múltiples usos.

Ese dominio del tema lo percibe uno en medio de la rusticidad del hablar de Aníbal Soto, vinculado al proyecto de Mejoramiento de Fríjol que adelanta Corpoíca, que trabajó con un grupo amplio de campesinos para seleccionar variedades resistentes a la antracnosis y a la mancha anillada, azotes que requerían 9 fumigaciones con agroquímicos: ahora sacan su cosecha hasta con una sola aplicación, gracias a la selección genética y al manejo ecológico. Su hijo Alex, de 12 años, tiene desde los 10 su propia colección de semillas de árboles, que saca como un tesoro de debajo de su cama, para mostrar la cantidad de bolsitas rotuladas con su propia letra y leer al azar: roble, higuerilla, pino, nogal cafetero... con el orgullo de un chico de ciudad con su afiche de Montoya. Cuando le insisto en que me cuente lo que le han dicho los vecinos de ese fríjol tan sano y tan económico que tiene ahí sembrado, él me responde subiendo los hombros, con su cantadito de montañero antioqueño: “el vecino me dijo: ¿con una mera aplicación? las güevas...”

¿Qué es el desarrollo rural?