Wednesday, March 16, 2005

Gente de mar

(Crónicas de Desarrollo Rural)


Corre de boca en boca el cuento del pescador al que un turista interrumpe su descanso de hamaca descolorida guindada entre dos palos preguntándole por qué no ahorra y el hombre, extrañado, pregunta ¿y para qué? Que para aumentar su ingreso. Y el hombre, ¿y para qué? Que para mejorar su embarcación. Y el hombre, ¿y para qué? Que para pescar más y hacerse rico, y el hombre, casi con fastidio, ¿y para qué? Que para que al final se pueda dedicar a descansar. Y el hombre, ya con bronca: ¡ajá! ¿y qué cree que estoy haciendo ahora?

Algo hay de cierto en eso, pero la vida de los pescadores puede ser distinta. En Santa Marta, por ejemplo, en el viejo muelle, que evoca un bello porro y que poco frecuentan los turistas, bulle entre la gente de las lanchas un brío imperceptible: el de la lucha de los pescadores por mejorar, por sacar adelante una familia. Unidos en asociaciones, forman una suerte de enjambre sin colmena, porque, aunque se les vea aislados, tienen organizada su faena entre muchos: preparar sus artes de pesca, unos complicados aparejos de mil cuerdas de nailon llamados palangres, conseguir la carnada, que a veces escasea y, aunque usted no lo crea, tienen que comprarla en otra parte, preparar las embarcaciones, decidir el pequeño grupo que saldrá de madrugada y el rumbo que han de tomar. Cuando regresen con su pesca, magra o abundante, otros los estarán esperando para clasificar el pescado, venderlo y reorganizar los trastes. Y aunque la faena puede durar uno o más días, no pasará mucho tiempo antes de que otros, que estaban descansando, tomen el relevo...

De algo sirve saber

Uno de esos grupos buscó y logró capacitación en un proyecto que tuvo el Instituto Nacional de Pesca y Acuicultura –Inpa- con una entidad financiada por los holandeses, el Vecep, en 1994, luego fueron al Sena, luego, asesorados por una Ong de ingenieros pesqueros que trabaja con el Inpa, formularon un proyecto para extracción, procesamiento y comercialización que presentaron al Programa Nacional de Transferencia de Tecnología Agropecuaria, de Minagricultura. La historia de ese proyecto, pensado para Santa Marta, Ciénaga, Buritaca y Pueblo Viejo, muestra la variedad que se esconde entre las comunidades de pescadores y en la burocracia oficial: no todos los pescadores son perezosos, ni tan pujantes, ni todos los burócratas son tan ineficientes.

Porque hay matices. Mientras en Santa Marta, gracias a la capacitación que recibieron, los pescadores lograron pasar de la época de pescar a tientas, sin poder alejarse demasiado de la costa, a navegar con brújula y sextante, geoposicionador satelital y ecosonda, y hasta consiguieron un barco que les permite llegar ahora con precisión a los sitios donde están los bancos de peces, con gran ahorro de tiempo y gasolina, en Cabañas de Buritaca, en cambio, en las ruinas reconstruidas de una hacienda que fue asiento del emporio marimbero en la década de los 70, la asociación tropezó con un obstáculo digno de una novela de Kafka.

Hay allí una comunidad de mujeres que, cansadas de sus vidas opacas y cerradas a la sombra de sus machos (la expresión es de una de ellas) se asociaron, se vincularon al proyecto, lucharon y obtuvieron capacitación en manejo y preparación culinaria del pescado, con la idea de crear una empresita de mujeres de pescadores artesanales que tendría almacenamiento, procesamiento y comercialización. Tenían prevista una guardería financiada comunalmente para poder trabajar todas cuando el sueño se coronara. Pero, aunque lograron que el Pronatta les aprobara su proyecto, sucedió que el Inpa, uno de los ejecutores, por pura ineficiencia, no incluyó en su presupuesto los dos últimos desembolsos de los recursos que recibió del Pronatta y tuvo que reembolsar 35 millones de pesos al tesoro nacional. Allí quedó una bodega sin luz, sin acondicionar y con un equipo de frío diseñado por la Universidad del Magdalena, abandonado, en tanto que las mujeres bregan por encontrar lo que les falta para echar a andar su sueño. Por lo menos, dice Luz Marina Palacios, líder del grupo, sabemos preparar bien el pescado que vendemos y comemos mejor, pero no nos resignamos a quedarnos así.

Unas son de cal...

En Ciénaga, otro grupo de mujeres asociadas al proyecto obtuvo capacitación en culinaria y en procesamiento para producir butifarra, hamburguesas de pescado y otras cosas, y recibió parte de los equipos necesarios; consiguió que el municipio les adjudicara las buenas instalaciones que dejó el proyecto de los holandeses, pero la falta de capital de trabajo y de unas etiquetas para que acepten sus productos en los supermercados han sido obstáculo suficiente para frenar ese primer envión asociativo. Sin embargo, no desfallecen: sienten que carecer de esas habilidades empresariales no puede hacerlas perder lo que han logrado. No puedo volver atrás... después de haber dejado a mi marido, que no me dejaba asistir a las capacitaciones porque ahí había otros machos... me cuenta en voz baja, como pensando para sí misma, Herlinda Garrido.

Los pescadores de Pueblo Viejo, que también fueron capacitados, tienen tres lanchas, dotadas con equipos de orientación que les ahorran esfuerzo y alivian la faena, y que ellos operan en grupos coordinados con gran sencillez. Quieren a su organización, porque sienten el cambio en sus vidas con lo que han logrado: las tres lanchas, mejor alimentación, mayor ingreso, unidad y un equipo de softbol; por ahora tenemos que montar una cuarta lancha que tenemos, pero vamos a ver qué hacemos porque no hemos logrado que el banco nos preste para el motor, por falta de respaldo, dice don Moisés Uriel, sin el menor asomo de humildad ni pesimismo. Cuenta que cuando la pesca se pone mala en esta zona, viajan a la Guajira, donde tienen buena amistad con los pescadores de la zona, que también consiguieron los modernos equipos, pero que no los usan: ¡volvieron a sus prácticas tradicionales!

Y, es así, otros viven al ritmo del mar, indiferentes al progreso; ¿quiere saber por qué? Ellos responden con una expresión costeña que hay que oírla, no leerla: ¡porque ajá...!

¿Qué es el desarrollo rural?

Friday, March 11, 2005

Flores de panela

(Crónicas de Desarrollo Rural)


Ahora que el precio interno del café pasa por un pico histórico, no deja uno de recordar la caída anterior, que para algunos trajo pobreza, desempleo, inseguridad; para Miguel Salgado, joven campesino de Sasaima, un cambio inesperado en su destino.

¿Fue el desánimo hacia el cultivo del café, fue la curiosidad o el ocio? El caso es que estando en Faca, en una feria más, Exposabana, se metió a una conferencia sobre panela, que dictaba el técnico Alvaro Rodríguez, y salió motivado a dejar el café y volver a la panela. Pensó en el viejo trapiche abandonado que tenía su mamá, pensó en las ínfimas parcelas que trabajaban por separado sus hermanos, sonrío y volvió a Sasaima con una lejana esperanza.

La historia de ese empeño no cabe en esta crónica. Pero hoy, del viejo trapiche no queda sino la enramada que lo cubría. Hoy funciona allí el Trapiche San Isidro, la Empresa Asociativa de Trabajo que organizó Miguel con sus hermanos para moler la caña que cada uno produce y la de sus vecinos. ¿Descubrió la panela, más vieja que la costumbre de andar a pie? No. Aprendió a producirla mejor, de más calidad, con menor costo, más rendimiento, más ganancia y menor esfuerzo: ahora producen panela orgánica, pulverizada.

Lo mismo pero distinto

Acaso quien conoció el viejo trapiche y vaya ahora, mirando el conjunto puede pensar que nada ha cambiado, pero al acercarse notará que están aislados los procesos de molienda y cocción de la panela: eso evita el paso de moscas y otros insectos que pueden contaminar el alimento. Verá los arrumes de cañas fuera y la báscula a la entrada de la molienda: llevan un estricto control de la materia prima, tanto para ver el rendimiento como para pagarle con exactitud a cada proveedor, sea socio o no, al mismo precio; observará a los lados pequeños puchos: salen de la selección que hacen de las cañas biches, o bien, demasiado jechas. “Las biches tienen mucho nitrógeno y no dan buen grano para la pulverizada; las jechas vienen con muchos grados brix y terminan fermentando los caldos” le explicará Miguel con una seguridad inaudita para su apariencia inconfundible de joven campesino.

Adentro, siguiendo el curso del almíbar que sale de las cañas, encontrará una diferencia con los otros trapiches, es el cubo prelimpiador (tecnología Corpoíca) que clarifica los jugos por gravedad: arriba queda el cisco y la cachaza, abajo los sedimentos; unos y otros se retiran y se cuecen aparte para tener un excelente alimento para el ganado de lo que antes era basura que se iba a la panela; por la mitad fluye clarito el líquido que entra a bateas sucesivas de cocción.

Esa cadena de bateas a ras del suelo, en las que aplican rítmicamente el batido operarios limpios, provistos de gorros y delantales blancos, ocultan el horno. Ahí radica quizás el principal aporte del cambio tecnológico que trae el nuevo proceso: ese horno es resultado de diez años de investigación de expertos del CIMPA, el centro de investigación sobre panela que funcionó de 1985 a 1995 financiado con recursos de los Países Bajos, y expertos de Corpoíca. Ellos estudiaron y optimizaron la capacidad, la eficiencia y el consumo de potencia de los hornos paneleros y aplicaron ese conocimiento en nuevos diseños que financió Pronatta y que se están replicando.

El paso de la pulverización de la panela es de gran sencillez: es la continuación del batido, a temperatura controlada; luego vendrá el cuidadoso cernido, después el enfriado y empacado, con lo que termina la molienda, una cadena ordenada y aséptica de trabajo en condiciones dignas para producir panela pulverizada de excelente calidad.

Esto es una empresa

Aunque unidos por lazos familiares, los trabajadores del trapiche son en su oficio socios de una empresa, responsables en sus tareas y serios en sus cuentas. Aquí él es el director, pero cualquiera de nosotros estamos en capacidad de reemplazarlo, porque todos recibimos la misma capacitación, dice la socia Lilia Salgado.

De Corpoíca recibieron asesoría técnica para el montaje del nuevo trapiche, el acompañamiento paso a paso y capacitación, con el experto Hugo Reinel García, en desarrollo de un proyecto de validación tecnológica que financió Pronatta. Los principios de contabilidad y administración los recibieron del Sena.

Pero no ha sido empresa fácil. Abundan las anécdotas de los obstáculos que han logrado superar. “Ahora ya vendemos en supermercados, tenemos registrada la marca, conseguimos el código de barras y licencia sanitaria, que demoramos más de un año para sacarla, hasta que conseguimos $1.150.000 que nos cobraron por dárnosla... nos tocó trabajar sin registro, hacer lo que no se debe, pero obligados, porque no se podía de otra forma”, dice con cierta amargura el joven director.

Más allá del trapiche

La panela, producto típico de economías campesinas, ocupa en Colombia 350 mil personas, entre productores de caña, procesadores, comercializadores y otros, que producen 1.2 millones de toneladas al año; sin embargo, se estima que, de los 15.000 trapiches, menos de un 10 por ciento han logrado dar el salto técnico que permite elevar la productividad y la calidad del producto. En los supermercados, la panela pulverizada alcanza un precio superior en más del 50% a la de bloque, pero apenas alcanza el 3% del consumo, porcentaje que puede crecer considerablemente.

Hay, pues, un largo camino por recorrer en la transferencia de esta tecnología, que, además de elevar las condiciones de vida del productor y la calidad del alimento, reduce el impacto ambiental de las quemas de madera y llantas de la vieja tecnología.

En el caso concreto de Miguel Salgado, fue una suerte informarse y luego vincularse al proyecto de transferencia de tecnología que le permitiría sobrevivir a la crisis del café volviendo a la panela. Al final de la molienda, cuando lo invito a que se mire en perspectiva me dice: “El proyecto, más que ayudarme económicamente, me cambió la manera de pensar. Yo era una de las personas que decía que para qué estudio; pero ver esto, que necesitaba una contabilidad y manejo de bancos, me hizo volver a estudiar. Ahora soy otro. Uno ve que aunque campesino puede mejorar y hasta ayudar a que mejore su región: eso nunca lo hubiera pensado antes".

¿Qué es el desarrollo rural?

Tuesday, March 08, 2005

Feminismo masculino

(Tarjeta de invitación en el Día Internacional de la Mujer)



La expresión no debería sorprender, porque el sufijo ismo significa creencia, o fe, o doctrina; y, bien entendido, el feminismo es una ideología: la ideología de quienes creen y tienen fe en la mujer. Y, como las ideologías no requieren de un falo sino de un cerebro, es perfectamente concebible que una mujer o un nombre abracen una ideología cualquiera; en consecuencia, que un hombre abrace el feminismo. En efecto, para ser feminista, en el buen sentido, sólo es imprescindible tener cerebro. Mal entendido, en su última acepción, el feminismo se convierte en doctrina y de ahí al fundamentalismo ya no hay sino un paso: entonces se vuelve irracional, excluyente, cultura de gueto; algo denigrante para el ser humano, sea mujer o sea hombre.

Así entendido, el feminismo deja de ser un conjunto de chistes de mal gusto, cuando no se le toma en serio, o un motivo de enfrentamiento en nuestra ya convulsionante sociedad, si se le toma demasiado en serio. Bien entendido, se convierte es un punto más de encuentro –que también puede ser delicioso– entre el hombre y la mujer, en una dialógica que permite reflexionar sobre la condición humana y que puede servir para construir entre unos y otras un mundo mejor.

Como aspecto de la cultura, hablar de la condición de la mujer (entendámonos: de su naturaleza y de sus potencialidades, que son esenciales, y de sus problemas, avances y limitaciones en esta o aquella sociedad, que son circunstanciales) es hablar también del hombre, porque es la relación social (la de pareja es una de sus formas) el contexto donde existe y tiene todo sentido la reflexión sobre la mujer, como sujeto de análisis.

Basten, pues, estas precisiones para atenuar la severa desconfianza de algunas militantes de esta imprescindible ideología y para suscitar la cordial y alegre bienvenida de las otras. Y sirva también de llamado a mis congéneres: autoinvitémonos al debate... o mejor, al diálogo de los que creen y esperan mucho de la mujer. Entremos al diálogo feminista y digamos caballerosamente: ¡con su permiso, señora, señoritas, niñas!


Posdata: se recomienda la reproducción total o parcial de esta invitación, citando o sin citar la fuente.

Sunday, March 06, 2005

Avances en Desarrollo Rural

(Análisis)



El principal aporte de la Misión Rural dirigida por Rafael Echeverri (la primera fue la de Chucho Bejarano), consistió en ampliar la visión de lo rural. No solamente incorporó en ella la tecnología, como lo hizo Bejarano, sino que exploró otras variables, como la ambiental, la diversidad de la pobreza, la falta de participación del campesino, la discriminación de género, la violencia y su efecto destructivo del tejido social. La parte floja de la Misión fue el poco interés por las limitaciones del Estado para adelantar las políticas de desarrollo rural.

Para la Misión Rural, el Estado no es un ente histórico, que progresa o retrocede, sino una entelequia estática capaz de todo, a la que se le asignan funciones sin cuento (desarrollar programas de reconversión, organizar a los pequeños productores, crear microempresas, incorporar masivamente a la mujer, etc.) sin importar las condiciones del sector público en cuanto a organización y claridad conceptual para hacerlo. El Estado es otra caja negra en la ingeniería social de los autores.

Pero, pese al unanimismo que parece vindicar para sus argumentos y conclusiones (recurriendo a la expresión neutral “se revela”, “se evidencia”, “se agotó el modelo tal”), existe en el sector agropecuario una notoria ausencia de crítica –que no es acuerdo– sobre los múltiples aspectos que constituyen la ruralidad y en particular sobre la capacidad de los organismos del Estado para afrontar el fomento del desarrollo rural. El problema del desarrollo tecnológico sirve para ilustrar esas limitaciones.

La tecnología como factor de producción

Hace mucho se reconoce en la tecnología otro componente de la función de producción, junto con el capital y el trabajo, pero el acelerado desarrollo científico y tecnológico ha incrementado el peso relativo del conocimiento en la determinación del producto social; esto llevó a Álvaro Balcázar a apresurarse a declarar clausurado el problema de la reforma agraria dado que, para él, la tierra prácticamente ya no importa en la función de producción ni en distribución social del ingreso.

Pero los procesos sociales no se resuelven por ecuaciones. Reconocer la evidencia de que el conocimiento cuenta cada vez más como generador de ingresos no justifica soslayar la importancia de la dotación de recursos como tierra y capital en el desarrollo rural, y por tanto, no es un argumento que sirva para archivar definitivamente el análisis de los problemas relativos a estos factores y sus posibles soluciones. Sirve, sí, para abandonar los esquemas de la vieja izquierda, cuya capacidad explicativa –que se agota en la recitación del dogma– resulta insuficiente para tratar con la diversidad y la complejidad propias del desarrollo del campo. Validar la importancia del conocimiento sirve para utilizar las posibilidades de la tecnología como instrumento clave de política económica en la generación de equidad y en la reducción de la pobreza. Cabe aquí la doble concepción de las tecnologías: las duras o materializadas en recursos genéticos, equipos o procesos productivos, y las blandas, en el dominio de la información que permite aprovechar oportunidades en los mercados y potencialidades en organización, mercadeo, etc.

El desarrollo tecnológico emerge de la acción de múltiples agentes sociales independientes, pero relacionados en una cadena de funciones indisolubles como un todo: las de generación del conocimiento, las de aplicación del conocimiento en tecnología –que es diseño y control de procesos– las de transferencia, las de adopción y escalamiento de esas tecnologías en la práctica social. ¿Tienen los organismos del Estado la capacidad técnica y la claridad conceptual necesarias para intervenir de forma eficaz en procesos tan complejos como el sistema científico – tecnológico?

Los cambios introducidos desde la década de los 90 en la institucionalidad pública han significado una pérdida efectiva en la capacidad del Estado para fomentar el desarrollo científico y tecnológico. Cada gobierno remodela a su acomodo las entidades públicas, urgido más por el acoso de Minhacienda que por una visión sectorial, generando tal debilidad en las entidades públicas y en sus equipos que para las cosas más nimias tienen que recurrir a la nómina paralela. Por esa vía no se genera aprendizaje institucional (cada consultoría ignora la anterior, cada nueva rosca descarta lo existente), no se validan los aciertos, no se consolidan rumbos y la gestión pública es cada vez más pobre en campos especializados.

Pronatta: la pera que dio el olmo

Nacido en 1995 con un empréstito del Banco Mundial, regido por un contrato y vigilado estrictamente por el Banco, el Programa Nacional de Transferencia de Tecnología Agropecuaria surgió hace tres gobiernos y concluyó de forma exitosa: 159 mil pequeños productores beneficiados, 51.000 familias adoptantes de los cambios tecnológicos, cuyos ingresos anuales aumentaron en $4.259.000 cada una; el aumento anual del empleo se estimó en 4 millones de jornales, de acuerdo con la evaluación de impacto. El valor de los proyectos fue del orden de los 90.600 millones de pesos, de los cuales el Pronatta financió el 54% y el resto, las entidades ejecutoras.

El Programa recibió reconocimiento internacional a su eficiencia y transparencia, y una distinción de parte de la Gestión Pública. Teniendo en cuenta lo complejo del desarrollo tecnológico y del desarrollo rural, cabría decir, como el campesino, que ese éxito es más raro que parto’e mula. ¿Cómo fue posible?

La financiación pública del desarrollo tecnológico

Para la financiación del desarrollo tecnológico agropecuario se tiene que definir quién financia qué; cuánto asignar a cada rubro de investigación básica, aplicada, transferencia tecnológica, adaptación, adopción; cómo hacerlo: ¿A dedo? ¿Por recomendación de las jerarquías? ¿A buen criterio del funcionario que hace mucho dejó de leer? Y con qué criterio: regional, racial, temático, productivo, ambiental, de género… En realidad, nadie se parte la cabeza por eso: se resuelve sobre la marcha y según los vaivenes de los centros de decisión. ¿Y qué queda del desarrollo tecnológico? ¿Qué del desarrollo rural?

Estas preocupaciones rondan también a algunos miembros del Banco Mundial, que vienen impulsando la modalidad de fondos a los cuales van los distintos agentes del sistema tecnológico para concursar por donaciones que financien sus proyectos, bajo reglas de juego claras y conocidas, con la intervención de grupos plurales de evaluación, con supervisión técnica en cada fase del proceso. El Pronatta, cuyos resultados presentó a la comunidad en junio pasado, fue el proyecto piloto de esa modalidad en Colombia.

En un proceso de evolución que aún está por analizar y documentar de manera rigurosa y sistemática, porque hay que aprender del pasado, el programa vinculó en su operación a la comunidad científico – tecnológica del sector agroindustrial, incluidos los productores de las distintas fases de las cadenas productivas, los generadores y transferidores de tecnologías, la comunidad académica y los centros de investigación públicos y privados, en una dinámica funcional y transparente que no lograron manipular de forma significativa las burocracias oficiales.

El esquema operativo del Pronatta no solamente sirvió para resolver problemas tecnológicos de los pequeños campesinos: dio participación a las regiones, permitió explorar tecnologías ambientalmente sostenibles, vinculó a la comunidad tecnológica, y, si se generaliza, puede constituir un cambio definitivo en la manera de asignar los recursos públicos y una solución para muchas de las deficiencias de los organismos del Estado.

No ignoro que en nuestra cultura colombiana gusta más la crítica cuando de ella resultan denuncias de las graves fallas de nuestra organización social que cuando revela los procesos exitosos que abren brecha hacia una sociedad mejor. Pero el haber conocido de cerca el caso que hace de colofón de este artículo y el tener la convicción de que es preciso urdir mejor el tejido social haciendo conciencia de los valores que sostienen nuestra esperanza son razones que me mueven a divulgarlo y a decir del mérito que tuvieron sus dos coordinadores, José Luis Gómez, que tuvo a su cargo la conformación y el despegue, y Luis Ernesto Villegas, que lo condujo desde su consolidación hasta la etapa final, con inteligencia y valor para defenderlo de los intentos que hubo de acabarlo y de manipularlo, y lo hizo con tal altura y rectitud que se ganó el respeto de unos y otros. Y del apoyo estratégico que recibió de un aliado que tienen los campesinos colombianos en el Banco Mundial, y que conoce el país mejor que muchos de nosotros: Matthew McMahon.

Es con el mismo criterio testimonial que me he animado a publicar en esta página algunas de las crónicas que escribí en mi contacto con las realidades que describo, y lo hago con la sincera intención de contribuir a la reflexión sobre esa compleja realidad que es el desarrollo rural.

Saturday, March 05, 2005

Contra viento y marea

(Crónicas de Desarrollo Rural)




A los que se maravillan con San Andrés les dicen: ¡y eso que no conoce Providencia! Los que alargan el viaje lo comprueban: Providencia y Santa Catalina, a su lado, como una hermana chiquita, son dos islas privilegiadas, no solo por sus montes, sus fuentes de agua dulce, su vegetación y por la plataforma de corales que las custodia (tercera en el mundo), sino por una comunidad que lucha por conservarse auténtica contra viento y marea.

Con la misma bonanza del turismo de San Andrés, el dinero no les hizo perder el sentido de la vida en la tierra, sus costumbres, su religiosidad, su dignidad personal, su unidad familiar, su agricultura. Exportaban alimentos para San Andrés y para los países vecinos: naranja, plátano, coco, hortalizas; pero las plagas y el cambio climático, con su secuela de veranos prolongados asolaron los cultivos y echaron a perder la seguridad alimentaria de esos tiempos. Antes, uno tenía preparado y listo para sembrar el maíz antes del 15 de mayo, porque sabía que después del 15 era seguro que comenzaba a llover, ahora llega agosto sin que haya caído sino una llovizna que no alcanza ni pa barrer, cuenta Calixto Jay.

Para rematar vino la apertura que hizo declinar los ingresos por turismo. De pronto, de ver que uno tenía que comprar hasta un limón, un cuatro filos, (plátano hartón) cualquier cosita, cuando aquí uno producía todo... recuerda Sheila Hawkings, volvimos a sembrar naranja dulce y toronja, pero por las plagas se fueron muriendo de a uno, luego vino un verano que duró mucho... (muestra unos palos secos) de la naranja, quedó esta, de la toronja, esta. Los agricultores estaban desanimados.

Los problemas

El tizne de las hojas, o fumagina, es llamado aquí cachanil negro y blanco; es el efecto del hongo que crece en las secreciones de un insecto llamado Orthezia y que impide la respiración de las hojas. Hay otra enfermedad que pudre la raíz. Además de que la mayoría de variedades nativas de naranja no resisten la sequía. Solo una variedad local tiene buena resistencia a la sequía, la bitter and sweet (agridulce), una naranja amarga de grandes espinas que hacen riesgoso el manejo para una población con alto índice de diabetes... Además de la sigatoka del plátano y de otras frutas. Además de la fragilidad de los suelos. Más los problemas de manejo de suelos y aguas... Consecuencias, caída de la productividad, de la producción y alimentos de inferior calidad comparados con los de Centroamérica (unos plátanos que dan grima, por ejemplo). Aún no hay hambre, es cierto: en esta isla nadie se acuesta sin comer.

Las soluciones

A pesar de las dificultades, los isleños no se resignan ni se rinden. Pidieron apoyo a Corpoíca, participaron en los diagnósticos, se pusieron a la pata de los investigadores y expertos, lograron la financiación del Programa Nacional de Transferencia de Tecnología Agropecuaria, de Minagricultura, volvieron a empezar.

Los técnicos estudiaron las variedades nativas de naranjas y tomaron la bitter and sweet como patrón para injertar sobre ella variedades de espinas pequeñas, de sabor dulce y de gran calidad, unas nativas de la isla y otras traídas del interior del país, de la zona cafetera; explicaron la técnica y sus cuidados, multiplicaron y repartieron las nuevas variedades, acompañaron las prácticas de los agricultores. Se esperan cultivos renovados, más resistentes a la sequía, frutos de variedad y calidad, tallos con espinas manejables. En banano, el resistente fue el popocho, una variedad que utilizaban en animales: cuando hay sequía se acaban los pastos y los granjeros meten el ganado a las plataneras. Trajeron de Córdoba nuevas variedades sanas y certificadas para crear con ellas bancos de semillas (se entregaron 7000 plantas en varias parcelas). Enseñaron un mejor manejo del suelo y el riego por goteo, hicieron una campaña para recuperar fuentes de agua.

Sheila Hawkings, como muchos agricultores quebrados, ha vuelto a sembrar; la convenció Pedro Nel Pacheco, el técnico agrícola de Corpoíca, que, tecnología aparte, es el alma del proyecto. Junto a los dos palos secos del pasado, ella tiene ahora los arbustos de cítricos de las nuevas variedades, muy bien cuidados. Los muestra con orgullo y le dice a su hijo: estas matas hay que cuidarlas; nos las regalaron, sí, pero eso a alguien le costó. Pedro Nel Rodríguez, tocayo del técnico, es un instructor de béisbol venido de Santo Domingo, que también se ha metido en el programa. En un tortuoso español habla de su experiencia, pero son sus ojos los que mejor expresan la satisfacción de estar entre sus matas. Cuando le pregunto por las ganancias me mira con extrañeza y me dice que siembra para su familia y para regalar a sus amigos, que el negocio no es su idea.


Contra el olvido

Las niñas y los niños de los cursos 7º y 8º del Colegio Junín de Providencia sembraron naranjos injertados alrededor del patio y los cuidan por parejas, bajo la orientación de su maestra de ciencias naturales y con la supervisión de Pacheco, el técnico de Corpoíca, que registra en su agenda el crecimiento de cada planta y conversa de ella con los alumnos responsables. “Tengo que quitarle los rebrotes que salen abajo del nudo, para que las naranjas que dé sean las de la planta injertada, no las de la planta patrón”, me explica un niño con toda seriedad. Y luego hay que cuidarlas mucho, en la cosecha, ¡para que no se las roben! Complementa otro con una carcajada.

Lamentablemente tiene razón. En la isla, otra plaga, contra la cual nada pueden la ciencia y la tecnología, amenaza con echar abajo todo este proceso: la drogadicción. Pequeñas pandillas de drogadictos roban las cosechas para comprar su dosis, en medio del desconcierto de los cultivadores.

¿Qué es el desarrollo rural?

Tuesday, March 01, 2005

El paisa revira (segunda parte)

(Crónicas de Desarrollo Rural)



Al descubrir los cambios que se están dando en las comunidades rurales del oriente antioqueño (recuperación de suelos y aguas, reducción del uso de agroquímicos, buenos rendimientos, diversificación de los sistemas de producción, mejor calidad de los alimentos), la admiración se desplaza de los frutos y los animales a la gente que está dando ese viraje y a las formas como lo hacen.

Más allá de la tecnología

Octavio Zapata, un técnico agropecuario que dirige el centro ecológico Ascam y que los campesinos apodan El Culebrero porque tiene más sabiduría que conocimiento, estudió en Hogares Juveniles Campesinos. Elkin Ríos, cultivador de mora, es líder de un grupo asociativo de 31 personas que trabajan en un lote recibido en comodato del Municipio. El hijo de Jesús Tobón cultiva independiente y sólo asiste a la escuela 2 días a la semana y puede sacar 2 cursos por año, en un novedoso sistema tutorial que funciona en 250 veredas del oriente antioqueño y que dirige desde El Peñol un patriarca de estas tierras llamado “el Padre Pacho”. En el grupo de mujeres Los Olivos hay desde adolescentes hasta sexagenarias; cada una trabaja en el cultivo comunitario un día a la semana y con el fríjol que producen complementan su mercado. Cuando un montañero rústico le dice a uno que hace parte de un grupo de investigación agrícola, uno se pregunta si habrá oído mal, pero cuando lo confirma no deja de generar cierto asombro, que aumenta al escucharle la descripción de sus métodos y de sus logros.

Vínculos por doquier

Dicen que un colombiano medio es más capaz que un japonés pero que dos japoneses son seguramente más capaces que dos colombianos, porque ellos sí saben trabajar en equipo. Puede ser, pero aquí la cosa está cambiando: el fríjol del minúsculo grupo de mujeres se lo está comprando Cornare, una corporación regional dedicada, obviamente, a cosas mayores; y como ese fríjol es fruto de una reciente investigación de Corpoíca, pues han contado con la ayuda de sus técnicos. Hay aquí grupos para todos los gustos: en cada municipio funciona un Comité de Agroquímicos; en algunos, tienen Grupo de Investigación Agrícola Local, GIAL (no confundir con el Centro de Investigación de la Industria de Alimentos, CIAL, que tiene convenios operando más allá del papel, con la Universidad Católica de Oriente).

En Marinilla hay un “Distrito Agropecuario”, con 30 agricultores que promueven la agricultura limpia, preocupados porque allí se consumen 300 toneladas anuales de agroquímicos y quieren rescatar la cultura campesina. Cosa curiosa: aquí trabajan las entidades públicas del agro y se armonizan con las privadas. Y los funcionarios, en general, compiten por servir. A Dagoberto Castro, jefe del proyecto de biotecnología de la UCO, lo quieren en El Peñol, Rionegro, La Ceja y Guarne, porque allí hace sus investigaciones sobre tecnologías apropiables; él es un cundinamarqués adaptado al ritmo paisa. El grupo de mujeres de Santa Rosa de Osos se especializó en uchuva limpia y se la vende a Caribean Exotics, una compañía grande que cultiva ese pequeño proveedor dándole la semilla y la asistencia técnica; ese grupo de mujeres se las arregla para encontrar recursos públicos y capacitación. De pronto, usted ve en una hondonada que une pequeñas fincas un tanque de enfriamiento de leche, que difícilmente compraría un campesino medio; le explicarán que lo sacaron en compañía entre varios: se los financió Colanta, esa cooperativa agroindustrial con la que los paisas andan más orgullosos que con el metro de Medellín.

Ah, pero detrás de todo eso está el interés de cada uno... dirá alguien con mala leche. Sí, puede ser egoísmo, pero un egoísmo inteligente.

La cadena del conocimiento

Los estudiosos del tema luchan por cambiar una educación retórica y accesoria (que inutiliza para la creación y el libre examen hasta en los niveles de postgrado, donde es fácil encontrar analfabetos funcionales, que leen pero no entienden) por otra que sea útil para resolver los problemas de la vida. Y en el campo la cosa es aún más crítica.

Pero aquí se investiga, se aplican modalidades distintas, se combinan métodos presenciales y semipresenciales, individuales inspirados en Piaget y grupales, en Bigosky. Si los responsables de la investigación agrícola no se estancan, los que trabajan en educación tampoco son mancos. Y no se trata de aventuras emocionales: el proyecto “Campo al Campo” de la UCO investigó el tema de la formación rural en la región y creó el “Servicio Educativo Rural”, SER, con una estructura curricular diferente: sus líneas son el desarrollo personal y social, el comunicativo, cultural y artístico, el científico, el comunitario y el productivo. Pero este, que tiene sedes en otros municipios, es solo uno de los varios sistemas de educación rural.

El resultado es algo novedoso: es la integración, en la práctica, de eso tan difícil de conciliar en la sociología de la ciencia, que se conoce como el sistema de educación-investigación-transferencia-adopción del conocimiento, pero que aquí rebasa las burocracias e integra a la gente del común.

No todo es color de rosa

Cuando uno pone una lupa, exagera lo que observa y esta crónica es como una lupa que distorsiona la realidad del conjunto. Es claro que la propaganda y la tradición aún dominan en el uso de agroquímicos. También, que la mora limpia y de excelente calidad termina revuelta en el mercado con la contaminada con químicos y mucho de ese esfuerzo se pierde. También, que cuando logran asociarse varios campesinos para sacar a crédito el tanque de enfriamiento de leche, les cae la guerrilla por la vacuna y qué lío para que entiendan que no se han ganado la lotería, sino que, al contrario, se han endeudado para pagarlo. Y es cierto que a uno de los campesinos líderes del proyecto de mora limpia lo mataron en El Peñol (los violentos odian a los líderes de la comunidad porque ellos mantienen el pegamento social). Pero contra todo eso... el paisa revira.

¿Qué es el desarrollo rural?