Saturday, March 05, 2005

Contra viento y marea

(Crónicas de Desarrollo Rural)




A los que se maravillan con San Andrés les dicen: ¡y eso que no conoce Providencia! Los que alargan el viaje lo comprueban: Providencia y Santa Catalina, a su lado, como una hermana chiquita, son dos islas privilegiadas, no solo por sus montes, sus fuentes de agua dulce, su vegetación y por la plataforma de corales que las custodia (tercera en el mundo), sino por una comunidad que lucha por conservarse auténtica contra viento y marea.

Con la misma bonanza del turismo de San Andrés, el dinero no les hizo perder el sentido de la vida en la tierra, sus costumbres, su religiosidad, su dignidad personal, su unidad familiar, su agricultura. Exportaban alimentos para San Andrés y para los países vecinos: naranja, plátano, coco, hortalizas; pero las plagas y el cambio climático, con su secuela de veranos prolongados asolaron los cultivos y echaron a perder la seguridad alimentaria de esos tiempos. Antes, uno tenía preparado y listo para sembrar el maíz antes del 15 de mayo, porque sabía que después del 15 era seguro que comenzaba a llover, ahora llega agosto sin que haya caído sino una llovizna que no alcanza ni pa barrer, cuenta Calixto Jay.

Para rematar vino la apertura que hizo declinar los ingresos por turismo. De pronto, de ver que uno tenía que comprar hasta un limón, un cuatro filos, (plátano hartón) cualquier cosita, cuando aquí uno producía todo... recuerda Sheila Hawkings, volvimos a sembrar naranja dulce y toronja, pero por las plagas se fueron muriendo de a uno, luego vino un verano que duró mucho... (muestra unos palos secos) de la naranja, quedó esta, de la toronja, esta. Los agricultores estaban desanimados.

Los problemas

El tizne de las hojas, o fumagina, es llamado aquí cachanil negro y blanco; es el efecto del hongo que crece en las secreciones de un insecto llamado Orthezia y que impide la respiración de las hojas. Hay otra enfermedad que pudre la raíz. Además de que la mayoría de variedades nativas de naranja no resisten la sequía. Solo una variedad local tiene buena resistencia a la sequía, la bitter and sweet (agridulce), una naranja amarga de grandes espinas que hacen riesgoso el manejo para una población con alto índice de diabetes... Además de la sigatoka del plátano y de otras frutas. Además de la fragilidad de los suelos. Más los problemas de manejo de suelos y aguas... Consecuencias, caída de la productividad, de la producción y alimentos de inferior calidad comparados con los de Centroamérica (unos plátanos que dan grima, por ejemplo). Aún no hay hambre, es cierto: en esta isla nadie se acuesta sin comer.

Las soluciones

A pesar de las dificultades, los isleños no se resignan ni se rinden. Pidieron apoyo a Corpoíca, participaron en los diagnósticos, se pusieron a la pata de los investigadores y expertos, lograron la financiación del Programa Nacional de Transferencia de Tecnología Agropecuaria, de Minagricultura, volvieron a empezar.

Los técnicos estudiaron las variedades nativas de naranjas y tomaron la bitter and sweet como patrón para injertar sobre ella variedades de espinas pequeñas, de sabor dulce y de gran calidad, unas nativas de la isla y otras traídas del interior del país, de la zona cafetera; explicaron la técnica y sus cuidados, multiplicaron y repartieron las nuevas variedades, acompañaron las prácticas de los agricultores. Se esperan cultivos renovados, más resistentes a la sequía, frutos de variedad y calidad, tallos con espinas manejables. En banano, el resistente fue el popocho, una variedad que utilizaban en animales: cuando hay sequía se acaban los pastos y los granjeros meten el ganado a las plataneras. Trajeron de Córdoba nuevas variedades sanas y certificadas para crear con ellas bancos de semillas (se entregaron 7000 plantas en varias parcelas). Enseñaron un mejor manejo del suelo y el riego por goteo, hicieron una campaña para recuperar fuentes de agua.

Sheila Hawkings, como muchos agricultores quebrados, ha vuelto a sembrar; la convenció Pedro Nel Pacheco, el técnico agrícola de Corpoíca, que, tecnología aparte, es el alma del proyecto. Junto a los dos palos secos del pasado, ella tiene ahora los arbustos de cítricos de las nuevas variedades, muy bien cuidados. Los muestra con orgullo y le dice a su hijo: estas matas hay que cuidarlas; nos las regalaron, sí, pero eso a alguien le costó. Pedro Nel Rodríguez, tocayo del técnico, es un instructor de béisbol venido de Santo Domingo, que también se ha metido en el programa. En un tortuoso español habla de su experiencia, pero son sus ojos los que mejor expresan la satisfacción de estar entre sus matas. Cuando le pregunto por las ganancias me mira con extrañeza y me dice que siembra para su familia y para regalar a sus amigos, que el negocio no es su idea.


Contra el olvido

Las niñas y los niños de los cursos 7º y 8º del Colegio Junín de Providencia sembraron naranjos injertados alrededor del patio y los cuidan por parejas, bajo la orientación de su maestra de ciencias naturales y con la supervisión de Pacheco, el técnico de Corpoíca, que registra en su agenda el crecimiento de cada planta y conversa de ella con los alumnos responsables. “Tengo que quitarle los rebrotes que salen abajo del nudo, para que las naranjas que dé sean las de la planta injertada, no las de la planta patrón”, me explica un niño con toda seriedad. Y luego hay que cuidarlas mucho, en la cosecha, ¡para que no se las roben! Complementa otro con una carcajada.

Lamentablemente tiene razón. En la isla, otra plaga, contra la cual nada pueden la ciencia y la tecnología, amenaza con echar abajo todo este proceso: la drogadicción. Pequeñas pandillas de drogadictos roban las cosechas para comprar su dosis, en medio del desconcierto de los cultivadores.

¿Qué es el desarrollo rural?

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